Amor:
Él viene desde lejos,
de sus propias heridas en la altura,
de los rudos caminos sin el beso,
de la vertiginosa travesía del que construye y sueña,
de los vuelos nocturnos y abismales.
Tal vez viene del canto,
tal vez de las espigas.
Voz:
Eran los estampidos desde la calle sola
brama de bestias locas, odiosa gritería,
pavoroso alarido de hienas sepulcrales,
hocicos destroncados donde la sangre mana
y hace ruido de muerte y atroz carnicería.
Dentro los ecos muertos, las sombras en el muro
los hombres ya mudos con los ojos inmóviles;
esposos iracundos, banderas derribadas,
desencajados héroes en el momento eterno,
todos desparramados en el cuarto desierto.
En la penumbra abierta da fatales rincones:
la mano deshojada, el fusil derrumbado
los cuerpos detenidos en llamadas inútiles
aferrándose al fuego de la cortina en llamas,
la agonía de todo huyendo a las cenizas.
Amor:
Ella lo espera y lo ama
sin saber de su vida.
No conoce su nombre ni sus mares,
no sabe de sus labios enlutados
ni de sus alas rotas
pero lo espera
y lo ama.
Voz:
Todo faltaba allí, todo se sustraía.
Todo lo detenido alzaba el vuelo, huía
hundiéndose en el tiempo como una nave herida,
hundiéndose en la historia de oscura travesía.
Lo que se iba alejando, lo que en el fuego ardía,
lo que martirizado aún se sostenía,
lo que ya no podía seguir, y no seguía,
lo que con sus jirones se aferraba a la vida.
Todo escindido en humos lo que ya no existía,
todo fuego doliente que no se consumía
desurdiendo leyendas en su lenta agonía,
llevándose los sueños al punto de partida.
Amor:
Él entra descubriéndose como las golondrinas
y camina en sus huellas frágilmente
sin hablar de sus selvas o sus pájaros.
Se aproxima a sus manos
y las toma
y las manos se acercan
como si fueran labios
que se besan.
Voz:
Se fueron los testigos de ese cuarto sangriento
y todo quedó abierto, desnudo, silencioso.
En la ventana rota, desgarrada la mueca,
la lámpara ultrajada de metales violentos
y un humo ceniciento envolviéndolo todo.
Coro:
Nadie sabrá la gesta del último derrumbe,
nadie podrá aclarar los enigmas de esa hora,
nadie escuchó el gemido de la campana rota
ni el silenció del tiempo que de pronto detuvo
su cascada de voces en el cuarto cerrado.
Amor:
Ella lo reconoce
despierta en sus ventanas
y lo mira entregándose sin llaves
como si enteramente se trizara
la luz, en sus cabellos encendidos
y no pudiese verlo
sin ser suya.
Voz:
Allende quedó solo, esperando el asalto.
Se levantó de pronto, cansado de ser hombre,
cansado de la muerte que ahora lo esperaba,
cansado de traiciones, de crueles tempestades,
cansado de ser boca para tanta agonía.
Y así mantuvo erguida la última metralla,
sin dirección al odio, pero de bala en bala,
lanzándose a sí mismo su grito solitario
que encerrado en su pecho se quedó sin palabras
hasta que vuelva un día su voz de piedra y agua.
Coro:
Cansado estuvo el hombre que embistió esa mañana
trazando con sus manos la hazaña de esa hora,
abrazado a sus armas, que con él se quedaron,
despidiéndose en llamas, solitario y gigante
y sembrando en el aire trayectorias de muerte.
Herido y malherido de pueblo y de banderas
extinguiéndose así, él ganó su batalla.
Vestido de silencio, enarbolando flores,
desesperadamente adornado de balas,
así dejó este mundo el mejor de la patria.
Amor:
Él se queda en el pórtico un momento
sin entregar sus párpados dolidos
y sabiéndose ajeno de las voces
continúa traspasando su desierto.
Ella lo mira y lo ama
pero sin detenerlo.
Por eso no hay cristales en sus ojos
cuando lo ve alejarse
como una nave oscura.
Coro:
Que el pequeño se guarde su lágrima de luto,
que el mezquino se aleje con su mínima lágrima
y que no se confunda el llanto pordiosero
del que pide venganza por herido y frustrado
con el dolor del pueblo, que llora construyendo.
La voz que se levanta repite su mensaje.
Las manos que se juntan reconstruyen su cuerpo.
La marcha del que crea se aproxima a su hazaña.
Las auroras que vengan fabricarán su día.
La vida que renace es su vuelta a la vida.
Todos:
Se elevarán entonces las estatuas del pueblo,
vendrán las manos nuevas a rehacerlo todo
y entre espigas y rosas caminarán los pueblos
con la gran comitiva de nuestro Presidente
que abrirá con sus brazos las grandes alamedas.
Allende fue ultimado envuelto en su bandera
y se elevó llameando hacia el lugar más alto.
Quilapayún es un grupo musical chileno de música folclórica-pop, activo desde 1965 hasta la actualidad. Fundado en Santiago por los hermanos Eduardo y Julio Carrasco, junto con Julio Numhauser, el grupo ha experimentado varias evoluciones a lo largo de los años, con la incorporación de nuevos músicos como Sergio Ortega y Patricio Manns. Quilapayún es conocido por su música que fusiona tradiciones folclóricas chilenas con influencias latinoamericanas e internacionales. Sus canciones a menudo abordan temas sociales y políticos, convirtiéndose en un símbolo de resistencia durante la dictadura militar en Chile (1973-1990). Entre sus canciones más representativas se encuentran "El pueblo unido jamás será vencido", "La zamba del viejo", "Canción para mi tierra" y "Los pueblos unidos". Quilapayún ha colaborado con numerosos artistas internacionales, contribuyendo a difundir la música chilena en todo el mundo. El grupo es considerado un ícono de la cultura latinoamericana y continúa activo con conciertos y nuevas grabaciones.
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